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DALA SURI la Mora



22 de Octubre de 2018


Dala Suri la Mora
Rebelión morisca

 

 

El 26 de septiembre de 1568 es coronado en Béznar (Granada) Don Fernando de Córdoba y Válor, conocido ahora como Aben Humeya, como Rey de los moriscos alzados en armas contra las imposiciones, y no cumplimiento de las Capitulaciones firmadas por los Reyes Católicos y Boadil el Chico. Don Fernando era descendiente de la familia de los Omeyas, y merced a los tratados de las Capitulaciones había nacido ya cristiano en 1541.

 

 

Cuando todas las negociaciones habían fracasado entre moriscos y la corte, y ante la imposición del Inquisidor General, Cardenal Diego de Espinosa, estalló la rebelión en los pueblos del Valle de Lecrín, Murtas, Béznar y otros, propagándose rápidamente hacia las Alpujarras almerienses; entonces Don Fernando de Córdoba y Válor abjuro de su religión impuesta por Castilla, y se unió a la musulmana practicada por los moriscos o mudéjares. De inmediato comenzaron las sangrientas represalias, asesinando a cientos de frailes y sacerdotes cristianos, a la par que se les contestaba con su misma ley, inundando de sangre barrancos y riachuelos de las Alpujarras.

 

 

En un ataque de las tropas castellanas, a un castillete musulmán, fue cogida prisionera, una bella mujer que con un alfarje en la mano luchaba como una pantera, mientras sus ojos despedían chispas. Enterado el Marqués de Mondejar, jefe de la tropa real la cual llegó a sumar más de veinte mil soldados, quiso hablar con la joven, quedando sumamente extrañadísimo, de que la muchacha, que se llamaba ahora Dala Suri y que en el tiempo que fue cristiana fue llamada Dolores. Hablaba en castellano perfectamente, siendo oriunda del pueblo de Cónchar, luchadora por la causa de los rebeldes. Por boca de ella misma, supo que era la favorita del nuevo rey de los moriscos, conocido ahora como Aben Humeya.

Habló del caso el marqués con el Cardenal Don Diego de Espinosa, y convinieron en dar un golpe de gracia a los rebeldes, haciéndoles ver que la propia favorita de Aben Humeya, había pedido entrar como novicia en el Convento de Zafra a la sazón casi recién hecho.
En el citado convento de la Carrera del Darro, fue recluida la joven permaneciendo días enteros, atadas las muñecas para que no intentara suicidarse, ni hacer algún daño a las otras monjas. A través de una pequeña ventanita que daba frente a la Torre de Comares, la joven veía transcurrir las horas, contemplando lo que en tiempo no muy lejano fue la Corte de los Reyes Musulmanes.

 

 

Una fría mañana, una monja con la mirada ya endurecida por los muchos años encerrada, entre las cuatro paredes del convente, fue a anunciarle con cara de regocijo que Don Fernando de Córdoba y Válor había sido asesinado por unos adversarios personales, dentro de las filas de los mismos rebeldes.
Perdidas ya las esperanzas de ser liberada por su amado, fue cambiando de ánimo, su cara perdió el encanto y la color , su pelo se puso blanco en poco tiempo y sus ojos, aquellos ojos que en su día espantaron hasta los soldados cristianos, perdieron la luz, entonces fueron dos grandes ojos pero casi de muerta, comía únicamente lo imprescindible para no morir y a pesar que era obligatorio, entrar cada día a la capilla para rezar, ella no lo hizo nunca, llegando incluso a azotarla para obligarla pero nadie pudo vencer su resistencia.

 

Por otro lado, las fuerzas militares y políticas que dominaban la ciudad, hicieron correr el bulo de la joven favorita, que arrepentida de sus deseos de volver a ser musulmana, había tomado los hábitos de las monjas del citado convento, cuando eso nunca fue verdad. Encerrada en su dolor y su mutismo, Dala Suri, se dedicó a cuidar de las muchas muchachas que eran obligadas a profesar de religiosas, porque en la católica España de la época, entre las más rancias familias se decía, que había que dedicar un hijo a servir a las armas y una hija a servir a Dios desde dentro del convento.
Dentro del convento murió con muy pocos años y sus restos como el de todas las religiosas carceleras, fueron a dormir el sueño eterno en el pequeño cementerio del patio conventual.

 

 

 

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